martes, 18 de julio de 2017

DE LOS FALSOS RECUERDOS

   En uno de los primeros capítulos del libro que estoy leyendo, la autora reflexiona ( y avisa) sobre lo engañosos que pueden ser los recuerdos. Nos advierte de que, aunque su intención es escribir unas memorias fieles a la verdad sobre sus primeros años, no siempre coincide lo que ella vivió con lo que sus hermanos, compañeros inseparables en esa época, están seguros de haber vivido. Y sin embargo, en ninguno de ellos hay voluntad de falsear la realidad.

   Es tramposa, la memoria. Nos coloca a veces en primera fila de situaciones que no hemos podido vivir, en lugares a los que nadie recuerda habernos llevado, con gente cuya presencia era imposible por razón temporal o geográfica. Pero nuestro cerebro reproduce imágenes de esos momentos con la misma claridad con la que creemos recordar otros hechos más recientes.

   Yo recuerdo nítidamente haber ido al cine en una determinada fecha y con una compañía concreta, en Madrid, a ver una película ...dos años antes de que llegara a España. El largometraje en cuestión se estrenó a finales del 82, y yo lo vi, estoy segura, en la primavera del 80. Me veo en el cine, sé exactamente con quién iba, la edad que tenía y hasta creo recordar la ropa que llevaba puesta, tal es la precisión con la que evoco un falso recuerdo. Es probable que mezcle dos días: ese en el que vi otra película que no me dejó huella ninguna, y el otro, en el que por fin me llevaron al cine a conocer a un famoso extraterrestre. No sé, supongo que mi mente ha rellenado el hueco vacío (la peli que vi ) y completado ese puzzle con una pieza valiosa de otro, es decir, ha borrado lo que no tenía brillo y ha reconstruido una escena para que permanezca para siempre como un día inolvidable.

   De mi abuela materna guardo pocos recuerdos, pero conservo uno como una pequeña joya. Estoy en el pasillo de su casa, descalza y en pijama. Su habitación está al fondo a la derecha y su puerta está abierta. Ella y mi abuelo están incorporados en su cama, casi sentados, apoyados en almohadones blancos. Esta parte de mi recuerdo es un poco teatral, diría que está adornada, pues, si pongo empeño, casi puedo ver las puntillas de las almohadas rodeando la cabeza de mi abuela, enmarcando su pelo blanco tirando a violeta. Mi abuela me dice que me acerque, que voy a coger frío, y me mete en su cama, entre ellos dos, y allí, calentita, permanezco hasta que mi madre viene a buscarme para desayunar. Alguna vez he mencionado esa anécdota en casa, pero nadie la recuerda, lo cual no es raro: yo me sentí muy importante y protegida en ese momento, para los demás sería una mañana cualquiera. Lo que mi madre sí sabe con seguridad es que la casa de mi recuerdo no era la que tenían cuando yo era pequeña. Es más, cuando se mudaron a la casa del pasillo largo y el dormitorio al fondo a la derecha, mi abuela ya había fallecido. Debo haber solapado el recuerdo emocional con el decorado que más conozco, esa casa que he visitado durante muchos, muchos años.
 

   Es curioso cómo nos enreda la memoria a veces, como una misma situación puede ser recordada de diferente manera por dos personas distintas, cómo el paso del tiempo, las sensaciones, la diferencia de edad, la información que involuntariamente incorporamos al recuerdo... puede transformar un hecho común en dos tan dispares, e tal manera que alguien puede que lo recuerde como divertido y otro como amenazador. Creo que esto no funciona así con determinados momentos traumáticos que, desgraciadamente, se nos tatúan impidiéndonos deshacernos de ellos o, al menos, disfrazarlos de algo más amable. Además, entiendo que la falsedad de la memoria se puede convertir en un problema cuando de determinado testimonio dependa una decisión importante. Pero, en general, la memoria está adiestrada de manera que trabaje como un filtro,  un embellecedor, un antivirus, una empresa de limpieza, un maquillador, un filtro Clarendon, un photoshop, para que en la mayoría de los casos los recuerdos que permanecen para siempre sean más bonitos, más altos, más guapos y con mucho mejor color que la vida real

   Me pregunto cuántos de mis mejores recuerdos son mentirosos. Cuántos atesoro para mí sola sin compartir con nadie, quizá con el miedo de que, al contrastarlos, pierdan su luz, su presencia excepcional, su lugar preferente, y tenga que pasarlos, a escondidas y por la puerta de atrás, al cajón de los recuerdos banales, para no volver a sacarlos nunca jamás.

martes, 27 de junio de 2017

TERCER VIAJE A MACONDO





   Hace un par de meses recibí como regalo esta preciosa edición ilustrada de uno de mis libros favoritos. Quizá hayan pasado unos treinta años desde la primera vez que viajé a Macondo, pero recuerdo muy bien la fascinación, el deslumbramiento, el entusiasmo con el que recorrí sus calles, o sus páginas. Sé que en algún momento volví encantada por segunda vez. Hoy acabo de terminar mi tercer viaje.


   Publicada en 1967, esta obra aparece siempre en todas las listas: de las mejores del siglo XX, de lo más sobresaliente en la literatura hispanoamericana, de las más traducidas...Desde luego, está en mi lista de lo más de lo más: a mí me parece una obra redonda, concebida y escrita de forma magistral, por cómo empieza y cómo acaba, por sus personajes, tantos, tan singulares y únicos que merecerían un libro para ellos solos. 
  
  Esta aventura consiste en asistir como espectador al nacimiento y a la desaparición de un pueblo, Macondo, y de una familia, los Buendía. En observar cómo se levanta una casa familiar construida a la orilla de un río, cómo crece a la vez que lo hace la familia, un hogar que va ganando terreno a la selva, sumando habitaciones, abriendo puertas y ventanas al sol, al viento, a los viajeros. En contemplar cómo al mismo tiempo que el pueblo va perdiendo su esplendor, la gran casa y los pocos supervivientes de la dinastía van siendo abandonados, invadidos por la vegetación a la que una vez le ganaron la partida, por el olvido, la ruina, la oscuridad, hasta  que llega el día en que la familia, la casa y el pueblo son arrasados por el viento y desterradas de la memoria de los hombres, tal y como vaticinaban los pergaminos.

   El libro contiene una historia extraordinaria, llena de sucesos mágicos, increíbles y hasta inverosímiles contada con un tono de normalidad : una lluvia de flores, una ascensión a los cielos, nubes de mariposas, apariciones, presagios...

   "...Vieron a través de las ventanas que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa , y cubrieron los techos y atascaron las puertas y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro."

   Tiene dentro la vida entera: abundancia y derroche, carencia y hambre, la sequía más tenaz y un diluvio que dura casi cinco años, revoluciones y tratados de paz, una dinastía de siete generaciones en la que los nombres se repiten y también los amores prohibidos, y la soledad, y los acontecimientos, y las apariciones de los muertos. Hay algo cíclico y recurrente en cada nueva generación de Buendías, cosas que parecen acabadas, olvidadas y sin embargo comienzan de nuevo, despiertan en algún momento con algún nuevo Buendía, una especie de maldición del todo vuelve a empezar, representado en la ocupación final del coronel. que fabrica día tras día pececitos de oro, con infinita paciencia y minuciosidad, con el único objetivo de volver a fundirlos una vez terminados e iniciar otra vez su laboriosa tarea, en un ciclo sin fin en apariencia improductivo e inútil.

   Hay mucho de magia y algo religioso, bíblico, en alguno de sus capítulos: las plagas de insomnio y olvido, la ascensión de Remedios la bella a los cielos, el Éxodo de José Arcadio y Úrsula hasta fundar Macondo, el largo diluvio...

   Quién sabe, puede que algún día haga este viaje otra vez. Cuesta despedirse para siempre de Macondo, de tantos Aurelianos, Arcadios, Úrsulas, Amarantas. No tienen ya otro lugar en el mundo, sólo una vida eterna e inmortal sobre unas páginas de papel. Porque, aunque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, siempre la tendrán en la imaginación y el recuerdo. Una segunda, una tercera... y hasta puede que una cuarta.

domingo, 11 de junio de 2017

DE HÉROES Y ESPERANZAS

  



   Acabo de ver un video espantoso en un informativo. Antes de emitirlo, han anunciado aquello de que las imágenes podrían herir la sensibilidad del espectador. Y de qué manera. Una escena tan atroz que te hace plantearte qué basura de sociedad estamos perpetuando. Una mujer con aire despistado es brutalmente atropellada ante la pasividad absoluta de todos los allí presentes, de los peatones y de los conductores que la sortean, imagino que despotricando de lo molesto que es ese cuerpo inerte que les hace desviarse de su trayectoria. Ni un solo transeúnte se acercó, ni un solo conductor se bajó de vehículo, nadie tuvo el pálpito, la necesidad, el impulso natural de socorrerla, o se sintió al menos en la obligación cívica de comportarse con un mínimo de humanidad, como manda la razón, ya que no parece que tengan voz sus corazones, de buscar ayuda, de tenderle una mano, de parar el tráfico para evitar, como así ocurrió, un segundo atropello. Cómo vivirán con eso, cómo dormirán tranquilos después, cómo habrán contado a sus familias que estuvieron allí, en primera línea, convencidos de que no era cosa suya, detallando el momento como el que cuenta una película o una anécdota más: el golpe del primer coche, los minutos que estuvo tendida en el suelo sin recibir ayuda ni consuelo, cómo trató de incorporarse justo antes de ser rematada por un segundo vehículo. Qué pensará su familia de su actitud, de su indolencia, de su pasotismo, de su indignidad. ¿Se avergonzarán, se lo recriminarán?¿actuarán con fría naturalidad o con morbosa curiosidad?¿ se entusiasmarán de saberlo testigo de un suceso cuya grabación ha dado la vuelta el mundo?

    Minutos después, escucho que acaba de aterrizar el avión que trae de vuelta a casa los restos mortales de un chico normal protagonista de un acto extraordinario, alguien que se lanzó a ayudar a una mujer a la que no conocía sin pensar en el riesgo, actuando según le dijo el corazón, sin dar opción a que hablaran ni la razón, ni la prudencia, ni el instinto de protección. Entonces pienso también en esta otra familia, la de Ignacio, a la que él ya no podrá contar lo que pasó, y me gustaría que supieran que, al menos a mí, su actitud y su valor me devuelven un poco la confianza en este mundo en construcción. Puede que la suma de muchas esperanzas como la mía consiga aliviarles un poco del inmenso dolor de su pérdida. 

lunes, 5 de junio de 2017

REGRESO A BERLÍN (Vera B. Carleton).





   La idea de este libro nace en un viaje de la escritora a la Alemania de los años cincuenta. Vera B. visita este país acompañando a una amiga fotógrafa que vivía es EEUU desde que se exilió de Berlín en los años treinta, en la época en la que Hitler era ya una amenaza real. Creo que es fácil adjudicar a su amiga gran parte de las sensaciones y miedos que durante el relato forman parte de la personalidad de uno de los personajes protagonistas, y a ella, probablemente, como testigo directo de ese reencuentro, las impresiones que transmite la narradora.

    Una periodista norteamericana conoce durante un viaje en barco a una pareja inglesa: ella, Nora, parece siempre preocupada por él, Eric, un hombre con apariencia de atormentado, emocionalmente inestable y un poco misterioso. Una conversación con un hombre de negocios alemán un tanto cargante provoca una reacción imprevista en Eric, y a  partir de ese momento, comienza a tener sentido su amargura, a explicarse su presente a través de la reconstrucción de su pasado .

   Eric no es inglés nativo, es un alemán que escapó de Berlín huyendo de la amenaza nazi. Desde que se marchó, no quiso volver a pisar su país y apenas supo nada de su familia, ni siquiera si quedaba algún pariente vivo residiendo en Alemania, ya que muchos marcharon a Israel, a Francia, a Inglaterra. Durante estos años, puso todo su empeño en borrar todo rastro de su pasado  y nunca hizo nada por investigar qué había sido de ellos. Guarda también una nada despreciable lista de rencores y reproches hacia casi todos, la gente que un día estuvo muy cerca de él, y que, de una u otra  manera, él siente que le fallaron. Desde el momento en que Eric descubre ante todos su origen, comienza a obsesionarse con sus recuerdos y su identidad.

   Aunque Eric había jurado que nunca volvería  a Alemania, la periodista propone a la pareja pasar unos días en Berlín, visitar la ciudad y, quizás, intentar buscar a parte de su familia. Èl, para sorpresa de ellas, acepta. El regreso a Berlín le produce una conmoción: reconoce su ciudad en esos barrios en parte aún en ruinas y en parte renovados, pero de una manera que sobrecoge: hace una estremecedora comparación entre sus sensaciones durante los paseos por la ciudad y las que podría tener en la morgue, tratando de reconocer a una madre muerta y mutilada. Al igual que va descubriendo las calles y los edificios de su infancia en pequeños detalles que aparecen entre la desolación de los barrios demolidos, tendría que recurrir a pequeñas pistas (un anillo, trozos de un vestido, mechones de pelo), para poder asegurar que ese amasijo destrozado es esa madre a la que adoraba. 

   A partir de ahí, comienza el viaje emocional: el regreso a casa, el reencuentro con familiares y amigos y la terrible aceptación de que su verdad no es única y además no es del todo inocente. Que sus recuerdos son a veces mentirosos, sesgados e incompletos. Que juzgó  y condenó sin opción a una defensa, Que causó un dolor inmenso en gente que lo quería y que incluso arriesgaron su vida para facilitar su huida. Que se borró del pasado de los demás, prescindió de ellos sin echar la vista atrás, y en el camino dejó víctimas, hasta el punto de que su fuga imprevisible tuvo la terrible consecuencia de dejar a un amigo indefenso frente a la Gestapo, un amigo que pagó su error en un campo de concentración. Me parece muy interesante esta reflexión, la realidad de que todos vivimos fieles a nuestras certezas, que durante años o a veces durante toda nuestra vida, conservamos heridas, quejas, que con el paso del tiempo se convierten en verdades inmutables sin que en ocasiones lleguemos a saber la otra cara, el otro punto de vista, muchas veces muy poco condescendiente con nuestros errores y desmemorias.

   Es importante además la reflexión sobre lo que supuso el renacer de Alemania tras la guerra, ese miedo al "espíritu alemán", ese poso que quedó en los nazis de corazón, aquellos que, ni siquiera pasados tantos años lamentaban la guerra, solo el hecho de haberla perdido, que aún vivían esperanzados en ese resurgir, sin haber llegado nunca a sentir arrepentimiento por lo que ocurrió, que se creían superiores y seguros de que el futuro les devolvería al lugar preferente que les correspondía. Comprender que la gente de bien, las víctimas de los nazis, convivían con una enorme cantidad de habitantes que rechazaba  haber tenido su parte de responsabilidad, ya sea como colaboradores entregados o simplemente con su pasividad y su mirar para otro lado. Compatriotas que defendían fríamente no haber sido conscientes de lo que pasaba, aunque el horror viviera  a pocos kilómetros de su apacible hogar, en un campo de concentración instalado detrás del bosque que veían desde su ventana.

 La imagen de una mujer reconociendo a su verdugo en el autobús, viviendo feliz y legitimado, sin miedo a nada, me parece muy representativa de la difícil realidad que debieron vivir las víctimas en esos supuestos años de paz y reconstrucción. Algunos pronazis ocuparon otra vez su lugar en la sociedad, enterrando su culpa sobre capas de justificaciones como la lealtad a la patria, la obligación de obedecer a un superior, el desconocimiento de la realidad, o el aparente convencimiento de que no podrían haber hecho otra cosa para sobrevivir. Otros, las víctimas que volvieron del infierno, nunca más volvieron a dormir tranquilos,


viernes, 26 de mayo de 2017

BAJANDO DEL GUINDO

   Hace unas semanas leí un artículo escrito claramente con intención de provocar. Tan obvio era que, para abrir boca, disparaba toda una declaración de intenciones: los demás machos presentes aquella noche no han tenido arrestos, así que aquí estoy yo, que tengo ya las espaldas anchas y puedo con todo lo que me llueva encima. A continuación relataba, con cierta gracia y oficio, una reunión de amigos, una cena en un conocido restaurante, real, fabulada o mitad y mitad,  y describía los derroteros testosterónicos que tomó la conversación sobre una conocida actriz pelirroja de pechos grandes que se les apareció en carne mortal. Cuando lo leí, me parecieron tan evidentes sus intenciones, tan visibles sus costuras, que no me sentí ofendida. Después de todo, me resulta fácil imaginar a un grupo de varones hablando así de un mujerón que hace su entrada triunfal en un lugar. Es más, puedo visualizar también a un grupo de hembras hablando en términos no muy distintos al ver aparecer ante sus ojos a un tío cañón. Incluso, si voy más lejos, puedo visualizarme a mí misma perdiendo los papeles en (casi) todos los sentidos si, un suponer, apareciera ante mis ojos un Viggo Mortensen o un Brad Pitt cualquiera.  Lo que pasa es que así contado, tejido de forma precisa para soliviantar ánimos y herir sensibilidades, me pareció torpe e innecesario. 
   La última polémica en este tema ha sido debida a las declaraciones un tanto patosas  de una famosa actriz. Estas me escuecen más, por venir de una mujer. Yo, antes de condenarla, doy por hecho que está mal informada. No sé mucho de ella, pero me parece que hasta podría declararse feminista convencida una vez caiga del guindo en el que anda subida. Ella y cualquier persona madura e íntegra. No es la primera vez que oigo hablar de machismo y feminismo como si fueran polos opuestos, y la verdad es que eso sí me solivianta a mí. El machismo implica ofensa, afán de superioridad y sometimiento, humillación, dolor, daño, agresión. El feminismo, por definición, busca la igualdad, habla de libertad, de reconocimiento y de la necesidad de que las mujeres tengan las mismas opciones y posibilidades, de poder alcanzar el mismo reconocimiento que los hombres, de que nuestro techo no sea unos palmos más bajo. Sin más. Existe una corriente (machista) que trata de identificar  feminista con feminazi y con otros términos despectivos, con el extremismo y el odio visceral a lo masculino y en algunas mentes esta idea parece calar hasta el punto de encontrar hombres y mujeres que huyen como de la peste ante el temor de ser calificados como tales, gente a veces muy conocida y cuya opinión tiene cierta difusión.

   "Ni machista ni feminista, soy persona". "Ya no  hay que ir a las barricadas todo el rato".  Todo esto ha dicho la actriz en cuestión. Todo el rato no, diría yo, pero sí con cierta regularidad y empeño, porque sigue habiendo frentes, muchos, en los que luchar: grandes guerras, como la violencia de género, tan  brutal, tan repulsiva, y pequeñas batallas, como los micromachismos cotidianos, tan sutiles, tan asumidos como normales. Yo, como desafío prioritario, estoy tratando de educar a dos proyectos de varón en el feminismo más razonable y sano, y de momento, no me están saliendo mal. Para que en un futuro sumen, y no resten.

   Vamos, Paula, declárate feminista, y ponte en primera línea de combate en esta batalla.  Ya estás tardando, posiciónate, sorprende al enemigo disparando simplemente sensatez y cordura. Dejemos de una vez de ser nosotras las que tiramos piedras contra nuestro propio tejado.

martes, 9 de mayo de 2017

Mi PRIMER ANIVERSARIO





 Esta semana me he dado cuenta de que cumplo un año. De bloguera, claro. Lo sé porque dediqué una de mis primeras entradas al día de la madre y a sus circunstancias. Aquí estamos, trescientos sesenta y cinco días más tarde, a vueltas con lo mismo: ser o no ser madre, las dudas, las renuncias, el arrepentimiento, la presión social, la culpa, el tema de la difícil conciliación, qué es para ti la maternidad....

   Yo, que desde que mis hijos superaron la edad de los collares de macarrones y el marcapáginas de hojas secas, no he vuelto a tener regalos, viví ayer una inesperada y algo angustiosa experiencia de amor filial. Desayunando con mis chicos, sufrí un atragantamiento de esos en los que así, a lo tonto, parece que te ahogas sin remedio. Ellos, tan grandes, tan adolescentes, tan despegados de mí, tan...saltaron de sus sillas a intentar ayudarme con bastante empeño, poco acierto y una cara de impotencia absoluta. Joder mamá, qué susto, repitieron varias veces a lo largo del día. Ergo, todavía me quieren, parece. Me recordó que, aunque según crecen, la sensación de que te necesitan se va disipando hasta quedar muy bien disimulada tras sus miradas desafiantes y su aire de autosuficiencia, para mí lo más grande, el mejor descubrimiento de la maternidad, lo más de lo más, no ha sido lo que tú les quieres, sino lo que ellos te quieren a ti. Incluso en estos días, en los que la edad les va haciendo más críticos y que ya no me ven como en esos tiempos añorados en los que a sus ojos era la más guapa, la más lista, la mejor madre del planeta, ahora que muchos días paso a ser la más pesada, la más controladora, la number one en el ranking de madres petardas del mundo mundial, resulta que sí, que dentro de esos corpachones que dosifican los abrazos como si pagaran por ellos, aún les queda una buena ración de amor incondicional.  Ahora bien, espero que la próxima vez que ponga a prueba el afecto de mis hijos sea usando otro método más sencillo, uno  cualquiera que no me lleve al borde de la asfixia,

   Y volviendo a mi aniversario, gracias a los que habéis hecho que mi marcador supere las diez mil visitas, a los que de vez en cuando os pasáis por aquí desde España, Argentina, Chile, Bélgica, México, Francia, Canadá, Estados Unidos, Portugal, Irlanda, Perú, ¡Rusia! Espero seguir teniendo alguna que otra cosa que contar y poder celebrarlo otra vez  dentro de un año, así, como ahora, sin hacer mucho ruido. Y respirando, claro.

lunes, 24 de abril de 2017

DE DESFILES Y TRASTIENDAS

   A mí hay frases que se me pegan, que se me enganchan sin remedio y se me presentan después cual aparición en cuanto recibo un estímulo adecuado, igual que me ocurre con las canciones. Luego, en algún momento, se van y son sustituidas por otras. Ahora tengo varias, agazapadas y alerta a la espera de ser requeridas y poder decir aquí estoy yo. Una es de P.R., una declaración contundente respecto a lo escasas que se nos iban a quedar las calles si se celebrara alguna vez el Día del Orgullo Gilipollas. Me gustó la primera persona del plural, asumir que todos somos posibles candidatos a participar en ese  hipotético y multitudinario desfile pero, por otro lado, añado que se me hace difícil suponer que uno pueda autoproclamarse gilipollas, así, públicamente y  pasear este título con  orgullo y la cabeza alta por la calles de su ciudad. Que otra cosa es que hubiera que ir invitado, recomendado previa nominación de otro, que ahí ya sí las calles reventarían por sus costuras de tanta abundancia de individuos. A lo que iba: raro es el día en que no escuche a un fulano o lea alguna declaración de un mengano, o incluso en que no me vea a mí misma tras alguna maniobra particularmente torpe o inoportuna, y vea claro que ya están (estamos) haciendo méritos para encabezar el desfile. Si hasta a veces los visualizo ondeando la bandera del colectivo con garbo y poderío.

 Hace un par de días leí un articulo de  M.M. y hubo otra frase que se me estableció temporalmente: "La superficie de la vida común es más grata que nunca en estos días de primavera temprana". La superficie, la epidermis de la sociedad. Por motivos de trabajo, hay ocasiones en las que la gente me cuenta cosas muy personales. Esta mañana he hablado con alguien a quien había visto con frecuencia por la calle. Es un hombre fuerte, grande, con cierto aire vikingo: por eso quizá se me había grabado su imagen robusta, su aspecto decidido, casi indestructible. Hoy hace un día bonito. con la superficie soleada y limpia, pero, para mi sorpresa, el vikingo guarda bajo su corpachón una carga pesada de inseguridad, angustia y miedo.  En ese momento se me despertó la frase en cuestión. Comparto con MM la necesidad de "fabricar" sociedades con la epidermis saneada, lo importante que es vivir en lugares con jardines limpios, comida abundante y variada, zonas de encuentro abiertas y agradables, hospitales accesibles... y además, acepto la importancia de haber llegado a ese punto en el que circulas por todo esto con la naturalidad de saberlo cotidiano. Lo cierto es que este escaparate tan limpio oculta detrás muchas trastiendas sombrías habitadas por gente que lucha por abrir ventanas, que busca un poco de esa luz primaveral que anda hoy iluminando a diestro y siniestro la superficie de la vida en común. Mientras tanto, el cielo vikingo y otros muchos cielos permanecen a oscuras.